Sonidos de la naturaleza

Escuchar encanto de la Chacuaca en la huerta donde se cosecha las frutas mucho cuidado y atención cultiva ancestros, ese trabajo artesanal que por siglos ha permanecido en la península de Baja California Sur donde se producen exquisitos manjares gracias al talento culinario de las madres de familia que se esmeran en elaborar ricos platillos con sus manos.

En los ranchos serranos se disfruta la machaca procesada naturalmente con el cuidado de quién por generaciones aprendido a ser la y se comparte cada ingrediente como el orégano, ajo que hace un olor característico de este producto que se consume en el norte de nuestro país principalmente. La ricas tortillas de trigo de harina con manteca y agua calentadas en un comal a veces bajo en las hornillas.

Cuando llegan los parientes y se organizan el convivio, eligen un buen chivo, lo matan bajo un mezquine con un cuchillo, en un traste recogen la sangre para hacer la moronga con cebolla, chile colorado y especies para que esté deliciosa, le quitan ella piel con magistral cuidado, la experiencia les ha dado rapidez en la faena, luego lo destacan y lo llevan a la cocina de palma fresca para que sea cocinado.

Con el sonido del motor en la lancha y el olor a gasolina en aquella larga Panga blanca en busca de barcos y cabrillas para comer deliciosamente con la familia, es una gran experiencia comer el pescado empanizado o asado a la disco prácticamente recién sacado después de quitarle el anzuelo y regresar al paraje para prepararlo, cuando lo tienes en los tacos de tortillas de Maseca hechas a mano o te escurre el aceite por los dedos, reconoces el característico olor a orégano que impregna y da un riquísimo sabor con la sal al pescado, escuchando las vaciladas de los señores mientras se quitan las botas de plástico y chalecos impermeables que los protegen de las inclemencias de la playa.

Parece que veo a mi abuelo, con su silueta encorvada, su pañuelo sudado y con la cuchara de madera meneando la pulpa del mango en el cazo, se necesitan varias horas al fuego para que se mezcle con el azúcar y quede bien rendido, para que se haga el ate de mi fruta preferida, que rico es comerlo en una cuchara y un pedazo de queso fresco o un rico vaso de leche fresca. Recuerdo que seguía sus pasos caminando entre las veredas de la huerta, con una lata de plástico generalmente blanca donde hechaba nos los mangos tirados todos los días, que caían de aquellos maravillosos árboles regados por canaletas de tierra, que construían para regar el agua que se traía desde la presa por el canal de piedra construido hace varias décadas.

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